Tu público

Me prometiste una canción que viniera de vos, pero todavía no me dejaste escucharte. Te la pedí de mil maneras diferentes, pero te hacés esperar solo en eso, no me das con el gusto, me dejás esperando por más. Me encantaría que tocaras para mi, y mirarte sumergirte en vayaunoasaberque pensamientos cuando agarrás la guitarra y con los ojos cerrados vas dibujando los pentagramas, tus manos y el sonido de la música.
Te escuché tantas veces, pero sólo una te dirigiste a mi respondiendo a mi demanda. Fue casi completo, tuve todo menos esa canción que habla de mi y de vos y de nuestra historia. ¿Sería justo tomármelo personal, cuando siempre me das todo? No creo. Me bastó con mirarte inmerso en tu rollo con lo que tocabas y con tu guitarra, ¿acaso todos los artistas tienen esa relación con su herramienta de trabajo? ¿acaso todos sienten que hay veces que están traicionando al instrumento cuando son incompetentes en la performance?
Te sentaste en la mesita del living, apoyaste un pie en la banqueta de pie y empezaste. Y yo, recostada de costado sobre el sillón te miraba, y sentía mil cosas mientras estábamos un rato con Bach y otro rato con Morel. Y te miraba, y suspiraba al compás de las notas que subían al aire y me inspiraban a seguirte mirando, esperando que me dieras alguna señal que estabas en este mundo. Cualquier señal sería en vano, porque te vas lejos. Y ese día nos reencontramos algunos minutos después, cuando las dos miradas se cruzaron y te diste cuenta que había estado ahí todo el tiempo, y que era tu público y que me sonreí todo el tiempo esos veinte o treinta minutos que duró mi presentación privada.

Cuántas son las canciones que no me vas a tocar porque no podés, cuántas son las melodías que tenés escondidas o reservadas para mi ahora. Cuánto falta, qué falta. Qué otra cosa puedo esperar de vos, más que esa canción que significa tanto para los dos.

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