Me miraste con cara de despedida, y crei que nunca más volvería a verte. Sabíamos que esto tenía fecha de vencimiento, pero nunca pensamos que sería tan pronto. En poco tiempo, unas semanas más hubiesen significado casi el doble o el triple de lo que ya existía entre los dos. Me miraste triste, alimentado por un silencio de las dos cuadras que caminamos desde tu casa hasta esa esquina donde tantas veces nos habíamos dicho hasta pronto y donde no nos besábamos en la boca, porque estaba prohibido, y porque ninguno de los dos aceptaría lo que estaba pasando.
Me miraste, conociendo las previas miradas de nuestras noches sin dormir. Horas absortos en ojos ajenos, construyendo historias en silencio. Fuiste tan ingenuo como yo, de pensar que ese martes sería el último. Fuimos tan ingenuos de pensar que por repetirlo unos días después lo haríamos más que el tiempo, pero se cortó. Ibas con la cabeza gacha, disculpándote por no poder explicar lo que estaba pasando, y en la esquina me dijiste y explicitaste que te entristecía era saber que eso no iba a existir más. Y te lo reafirmé, pero te calmé con el ocultamiento de mis propias lágrimas que se quedaron a mitad de camino entre mi corazón y mis ojos. La compañía siempre iba a existir, aunque dejáramos todo lo demás, me mentí a mi misma, para no verte así. Se que no fue suficiente, pero en ese momento sirvió para aliviar la tristeza que cargábamos.
Nunca lo pusiste en palabras, pero lo extraño esa noche fue saber que no volveríamos a mirarnos de esa manera, y que el tiempo se nos había acabado.

1 comentarios:
Estoy pasando por algo similar, es tan dificil, no se de donde pero estoy sacando fuerzas para seguir adelante, gracias por el texto.
Publicar un comentario